Darse un chapuzón en combustible es muy común para los nativos del lugar que, ante la imposibilidad de refinar el crudo, decidieron rentabilizarlo como cura para el reuma, la artritis o diversos problemas dermatológicos hasta el punto de que en la década de los 70 la urbe acogía anualmente unas 75.000 personas en busca de este “milagro” oleaginoso.
El procedimiento es sencillo, basta con zambullirse en una bañera a rebosar de petróleo a unos 40 grados de temperatura dejando solo al descubierto la cara durante entre 10 y 15 minutos, tiempo que estiman los expertos del centro en función del problema de salud del cliente en particular.

En Occidente son diversos los estudios que señalan que el naftaleno, uno de los principales componentes del aceite, puede afectar al inhalarlo e incluso puede causar irritaciones en la piel, los ojos, la nariz y la garganta. Asimismo, apuntan que debe tratarse como un carcinógeno con extrema protección.
Concretamente, uno de los casos más conocidos sobre la vinculación entre cáncer y petróleo deriva de las perforaciones de Texaco en Ecuador, región en la que no existían indicios de esta enfermedad que 40 años más tarde se convirtió en el principal problema para los nativos de la zona, con una alta incidencia de cáncer de estómago, vejiga y boca.
Marco Polo en su “Libro de las Maravillas” ya hablaba de los yacimientos de petróleo como fuentes de las que manaba “aceite curativo” aunque en la actualidad los riesgos superan los supuestos beneficios del conocido como “oro líquido”.
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